¿El cáncer se hereda? Esta pregunta preocupa a muchas personas, especialmente cuando varios miembros de una misma familia han recibido un diagnóstico oncológico. Aunque determinados cambios genéticos pueden aumentar el riesgo, el cáncer no suele depender de una única causa ni está inevitablemente escrito en nuestros genes. En su desarrollo interactúan la predisposición genética, el envejecimiento, el ambiente, las exposiciones acumuladas y algunos hábitos de vida.

Un conocido estudio realizado con personas adoptadas intentó diferenciar el peso de la herencia genética y del entorno familiar. Sus resultados fueron interesantes, pero también deben interpretarse con prudencia.

¿El cáncer se hereda o solo heredamos una predisposición?

El cáncer es una enfermedad genética porque se origina cuando una célula acumula alteraciones en su ADN. Sin embargo, esto no significa que todas esas alteraciones se hereden de los padres.

La mayoría aparecen a lo largo de la vida como consecuencia de errores durante la división celular, del envejecimiento y de la exposición a determinados agentes físicos, químicos o biológicos. Según el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, aproximadamente entre el 5 y el 10 % de los cánceres están relacionados con variantes genéticas perjudiciales heredadas de uno de los progenitores.

Incluso cuando una persona hereda una variante asociada al cáncer —por ejemplo, en los genes BRCA1, BRCA2 o en los relacionados con el síndrome de Lynch— no hereda necesariamente la enfermedad. Lo que puede heredar es una mayor probabilidad de desarrollarla. El riesgo concreto dependerá del gen afectado, del tipo de variante, de los antecedentes familiares y de otros factores individuales.

El estudio danés con personas adoptadas

En 1988, un equipo de investigadores publicó en The New England Journal of Medicine un estudio sobre la mortalidad prematura de personas adoptadas en Dinamarca.

El trabajo incluyó 960 familias con personas nacidas entre 1924 y 1926 que habían sido adoptadas durante los primeros años de vida. Los investigadores compararon las causas de muerte de estas personas con las de sus padres biológicos y adoptivos.

La lógica era la siguiente:

Cuando un progenitor biológico había muerto de cáncer antes de los 50 años, no se observó un aumento estadísticamente significativo de la mortalidad por cáncer en el hijo adoptado.

Por otro lado, la muerte por cáncer de un progenitor adoptivo antes de los 50 años se asoció con un riesgo relativo de mortalidad por cáncer aproximadamente cinco veces mayor en la persona adoptada.

¿Significa que el ambiente importa cinco veces más que los genes?

No. Esta conclusión sería demasiado contundente.

El estudio evaluó la mortalidad, no el riesgo de desarrollar cáncer, y el número de fallecimientos por esta causa fue reducido. Esto se refleja en los intervalos de confianza muy amplios de los resultados. En el caso de los padres adoptivos, el riesgo relativo estimado fue de 5,16, pero su intervalo de confianza osciló entre 1,20 y 22,2.

Un margen tan amplio indica una gran incertidumbre estadística. Además, al tratarse de un estudio observacional, no permite saber qué aspectos concretos del entorno pudieron explicar la asociación. Tampoco demuestra que la alimentación, el estrés o un hábito determinado fueran responsables de esos fallecimientos.

De hecho, un análisis posterior realizado sobre una muestra danesa mucho mayor no encontró efectos significativos relacionados con los padres adoptivos y concluyó que la mortalidad prematura presentaba una influencia genética moderada y un efecto pequeño —o posiblemente inexistente— del ambiente familiar compartido.

Por eso, el estudio de 1988 no puede considerarse “el estudio que aclaró las causas del cáncer”. Su valor consiste en haber contribuido a investigar una cuestión mucho más compleja: cómo interactúan genética y ambiente a lo largo de la vida.

El cáncer es una enfermedad multifactorial

Actualmente sabemos que no existe una única explicación válida para todos los tumores. El cáncer aparece como resultado de una combinación variable de factores:

La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor del 38 % de los cánceres podrían prevenirse aplicando las estrategias disponibles frente a factores de riesgo conocidos. Esta cifra es muy relevante, pero también significa que muchos tumores aparecen sin que exista una causa modificable claramente identificable.

El estilo de vida influye, pero no debe convertirse en culpa

Adoptar hábitos saludables puede contribuir a reducir el riesgo de algunos cánceres, mejorar la salud general y ayudar a afrontar mejor los tratamientos. Dejar de fumar, limitar el alcohol, mantener una alimentación adecuada, realizar ejercicio adaptado, protegerse del sol y participar en los programas de vacunación y cribado son medidas respaldadas por la evidencia.

Sin embargo, haber desarrollado cáncer no significa que una persona haya comido mal, gestionado mal el estrés o hecho algo incorrecto. Tampoco podemos afirmar que modificar el estilo de vida vaya a curar la enfermedad o evitar por completo una recaída.

Para pacientes y cuidadores, el mensaje más útil es este: existen aspectos de la salud sobre los que podemos actuar, pero el cáncer nunca debe interpretarse como una responsabilidad individual. Los hábitos saludables acompañan a la prevención, al tratamiento y a la recuperación, pero no sustituyen la atención oncológica.

¿Cuándo puede ser útil el asesoramiento genético?

Conviene consultar con el equipo médico cuando existen varios casos de un mismo cáncer en la familia, diagnósticos a edades poco habituales, una persona con varios tumores primarios o determinados patrones familiares de cáncer de mama, ovario, próstata, páncreas o colon.

Una unidad de consejo genético puede valorar los antecedentes y determinar si está indicada alguna prueba. No todas las familias con varios casos de cáncer presentan un síndrome hereditario.

Una conclusión esperanzadora, pero rigurosa

Los genes importan, pero no representan un destino inevitable. El ambiente y los hábitos también influyen, aunque no explican por sí solos la aparición de la enfermedad.

La mejor forma de entender el cáncer es como un conjunto de enfermedades multifactoriales en las que interactúan biología, genética, edad y exposiciones acumuladas. Este conocimiento ofrece oportunidades de prevención y cuidado sin culpabilizar a quienes han recibido un diagnóstico.