La primera vez que oí hablar de oncología integrativa no fue en una consulta médica, en una conferencia ni a través de internet. Fue en el cuarto de limpieza de un hospital, pocas horas después de recibir una de las noticias más difíciles de mi vida: mi madre tenía un tumor cerebral inoperable e incurable.

Era el 9 de marzo de 2012. Aquel día, el tiempo pareció detenerse.

Un diagnóstico para el que nadie está preparado

Cuando una familia recibe un diagnóstico de cáncer, las palabras del médico pueden resultar difíciles de asimilar. Escuchas términos clínicos, porcentajes y posibles tratamientos, pero tu mente sigue atrapada en una sola pregunta: “¿Qué podemos hacer ahora?”.

A nosotras nos acababan de comunicar que el tumor cerebral de nuestra madre no podía operarse y que no existía un tratamiento capaz de curarlo. Salimos de aquella conversación intentando comprender lo que acabábamos de escuchar y buscando alguna forma de ayudarla.

Unas horas después recibí un mensaje de uno de los médicos que había participado en el diagnóstico. Era viernes por la noche. Nos pedía que mis hermanas y yo lo esperásemos a la mañana siguiente frente al mostrador de enfermería de la planta donde estaba ingresada nuestra madre.

No sabíamos qué quería decirnos, pero allí estuvimos las tres.

Una conversación a escondidas

El sábado por la mañana, el médico apareció a la hora acordada.

—Seguidme —nos dijo.

No fuimos muy lejos. Caminó unos pasos, abrió una puerta y nos invitó a pasar.

Era un cuarto diminuto, de apenas un metro por un metro, lleno de escobas, fregonas, cubos, trapos y productos de limpieza. Las tres nos apretujamos dentro sin entender qué hacíamos allí.

La conversación fue breve:

—Llamad a la doctora Natalia Eres. Es oncóloga integrativa.

Dicho esto, salió del cuarto y cerró la puerta tras él.

Nos quedamos las tres anonadadas, intentando procesar aquella información. Antes de que pudiéramos articular palabra, la puerta volvió a abrirse. El médico asomó la cabeza y añadió:

—Ah, y, sobre todo, yo no os he dicho nada.

Aquella escena reflejaba muy bien la situación de la oncología integrativa en 2012. Algunos profesionales conocían su existencia y veían valor en ampliar el cuidado del paciente, pero todavía se hablaba de ello con cautela, e incluso a escondidas.

Nuestra primera consulta de oncología integrativa

El lunes llamamos a la doctora Natalia Eres. A pesar de tener una agenda muy ajustada, consiguió visitarnos dos días después.

Durante aquella consulta valoró la situación de nuestra madre y planteó una serie de medidas complementarias. También nos derivó a una profesional de la nutrición, que nos explicó qué alimentos podían resultarle más adecuados, cómo cocinarlos y de qué manera presentarlos para facilitar que pudiera comer.

Para nosotras fue la primera vez que alguien se detenía a hablar, no solo del tumor, sino también de cómo se encontraba nuestra madre, qué podía tolerar, cómo acompañarla y qué podíamos hacer para cuidar su bienestar cotidiano.

A partir de ese momento conocimos un mundo completamente nuevo. Exploramos intervenciones como la acupuntura, el yoga, la meditación, el apoyo nutricional y diferentes suplementos. También recurrimos a otras prácticas, como la hidroterapia de colon y algunas formas de sueroterapia, cuya utilidad y seguridad deben analizarse actualmente con mucha más cautela porque no todas cuentan con el mismo respaldo científico.

Entonces no disponíamos de los conocimientos que tengo hoy. Éramos una familia asustada que intentaba encontrar formas de aliviar el sufrimiento de una persona a la que quería.

¿Qué es realmente la oncología integrativa?

La oncología integrativa es un enfoque de atención centrado en la persona que combina los tratamientos oncológicos convencionales con intervenciones complementarias que hayan demostrado suficiente seguridad y eficacia.

No consiste en sustituir la cirugía, la quimioterapia, la radioterapia, la inmunoterapia o los tratamientos dirigidos. Tampoco significa utilizar cualquier terapia denominada “natural”.

Su objetivo es ampliar el cuidado del paciente, atendiendo aspectos físicos, nutricionales, emocionales, sociales y espirituales que pueden quedar fuera de una consulta centrada principalmente en el tratamiento del tumor.

Según el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, la medicina integrativa combina la atención médica convencional con prácticas complementarias respaldadas por evidencia científica. La diferencia entre los términos es importante:

Por tanto, la oncología integrativa rigurosa no está enfrentada a la oncología convencional. Trabaja a su lado.

No todas las terapias complementarias son iguales

Una de las enseñanzas más importantes de aquella experiencia es que no podemos colocar todas las intervenciones complementarias en el mismo nivel.

Algunas cuentan con evidencia para ayudar a controlar determinados síntomas. Dependiendo de la situación clínica, la acupuntura puede utilizarse para algunas formas de dolor, náuseas o sofocos. El ejercicio adaptado puede ayudar a preservar la capacidad funcional y reducir la fatiga. El yoga, la meditación y otras prácticas cuerpo-mente pueden ser útiles para el estrés, la ansiedad o la calidad de vida.

La alimentación y el apoyo nutricional también son fundamentales para prevenir o tratar la desnutrición, mantener la masa muscular y adaptar la dieta a los síntomas.

Otras prácticas, en cambio, disponen de evidencia insuficiente, no han demostrado beneficios o pueden provocar efectos adversos. Algunos suplementos interfieren con la quimioterapia, la radioterapia, los anticoagulantes u otros medicamentos. Que un producto sea natural no significa que sea seguro.

Por eso, cualquier terapia complementaria debe comunicarse al oncólogo y ser valorada por profesionales con formación específica.

La oncología integrativa no curó a mi madre

Es importante decirlo con absoluta claridad: ninguna de las terapias complementarias que probamos curó el tumor de mi madre.

Tampoco podemos saber con certeza qué efecto individual tuvo cada intervención. Lo que sí vivimos como familia fue un proceso de cuidado más amplio, en el que intentamos atender su alimentación, su descanso, sus emociones, su comodidad y su deseo de permanecer en casa.

Nuestra prioridad dejó de ser buscar una curación imposible y pasó a ser algo igualmente importante: procurar que estuviera acompañada y sufriera lo menos posible.

Finalmente, mi madre pudo cumplir su última voluntad: morir en casa, rodeada de las personas a las que más quería.

El control del dolor y de otros síntomas al final de la vida corresponde fundamentalmente a los cuidados paliativos. La oncología integrativa puede complementar ese acompañamiento, pero no debe confundirse con ellos ni reemplazarlos.

De aquella experiencia nació una nueva forma de entender el cáncer

Aquel encuentro en el cuarto de limpieza de un hospital cambió mi trayectoria personal y profesional. Me hizo comprender que tratar un cáncer y cuidar a una persona con cáncer son dos dimensiones inseparables.

El tratamiento antitumoral es esencial, pero el paciente también necesita respuestas para muchas otras preguntas:

Estas preguntas no son secundarias. Forman parte de la experiencia diaria de la enfermedad y merecen respuestas rigurosas.

De la búsqueda desesperada a la evidencia científica

Mirando atrás, comprendo que en 2012 nos acercamos a muchas terapias desde la urgencia y la necesidad de encontrar esperanza. Hoy sé que una verdadera oncología integrativa debe apoyarse en la evidencia científica, valorar los posibles riesgos y adaptarse a la situación de cada paciente.

No se trata de hacer más tratamientos, tomar más suplementos o probar todo lo que aparece en internet. Se trata de seleccionar intervenciones seguras que respondan a una necesidad concreta y puedan integrarse sin interferir con la atención médica.

También significa reconocer los límites de la evidencia y ser capaces de decir “no lo sabemos” cuando los estudios todavía no permiten llegar a una conclusión.

Cuidar a la persona, no solo tratar el tumor

La oncología integrativa no promete curas extraordinarias. Su valor reside en contemplar al paciente en toda su complejidad: su cuerpo, su alimentación, su movimiento, su descanso, sus emociones, sus relaciones y sus valores.

Para mi familia, aquel enfoque no cambió el desenlace de la enfermedad, pero sí transformó la manera en la que acompañamos a nuestra madre durante sus últimos meses.

Todo empezó con un mensaje inesperado, una conversación de pocos segundos y una puerta que se abrió en el lugar más insólito de un hospital.

Una puerta que, en cierto modo, nunca volvió a cerrarse.